No sabe gobernar

por Omar Pérez Santiago

El jueves 17 de octubre por la mañana tomé el Metro de Santiago en varias ocasiones. Puertas cerradas. Guardias y carabineros en actitud de combate. Por los parlantes inusitadamente altos y chillones una voz reiteraba que ciertas estaciones estaban cerradas por supuestos desmanes fuera de las estaciones. Lo reitera como si estuviéramos en guerra. O una ciudad sitiada. Mientras voceros del gobierno reiteran que una minoría de estudiantes evade el pasaje del Metro.
Qué despropósito, pensé.

El gobierno había subido el pasaje del metro en 30 pesos. Los estudiantes secundarios evadieron el pago del pasaje, saltando los controles en algunas estaciones del metro.
El gobierno en lugar de mostrar comprensión, intentó intimidar a los estudiantes.
Ese jueves había un tenso pero calmo ambiente. El santiaguino no es comunicativo. Soporta con un tenso silencio.
El viernes 18 a medio día viajo a Pichilemu, un encantador balneario en la costa del pacífico a 250 kilómetros de Santiago, para participar en su Feria del Libro en el Centro Cultural Agustín Ross.

Al llegar a Pichilemu veo por las redes sociales que la gente salió a protestar en Santiago. La gente no aceptó la intimidación del gobierno.
Más tarde la gente quemó estaciones de metro y estalló el caos. La situación se agravó y la violencia se tomó las calles de la capital chilena, con quema de diversas estaciones de metro y buses, saqueo de supermercados y ataques a cientos de instalaciones públicas.
Una simple foto aumentó el descontento. La foto que circulaba es del presidente Piñera que —mientras se incendiaban varias estaciones de metro— estaba comiendo pizza en un restaurante de Vitacura. Indolente celebra el cumpleaños de uno de sus nietos. Su rol de abuelo es más importante que su rol de presidente.
Una sola foto aumentó la rabia de la gente.
El día sábado el presidente Piñera echó pie atrás con el alza del metro. Tarde. Las protestas no se detuvieron. Piñera declaró el estado de excepción, que limitó algunos derechos civiles. Impuso el toque de quedó y sacó a los militares a la calle.
Se detuvieron los vuelos desde el aeropuerto y cientos de pasajeros quedaron varados.
El día sábado vi a gente del pueblo de Pichilemu hacer carteles. Rápidamente organizaron una marcha de protesta. A las 19 horas una enorme cantidad de gente se juntó en una plaza y comenzaron a marchar haciendo sonar cacerolas. Nos sumamos a la marcha. Miles golpeando cacerolas. “Piñera escucha, ándate a la chucha”. La marcha se detuvo frente al centro cultural, en el lugar donde se realizaba la feria del libro. Esta misma energía recorre casi todas las ciudades de Chile. La gente se rebeló espontáneamente.


Por la noche del sábado, mientras cenábamos, oímos y vimos en las redes sociales que los santiaguinos desafían el toque de queda en Santiago.
Alguien muestra unas fotos del río Aconcagua con mucha agua. Hasta entonces se decía que la sequía había secado el río. Nos quedamos mudos. Apareció el agua. Se confirma lo que la gente siempre dijo: no era la sequía, era el saqueo del agua.
Balance: los disturbios dejan once muertos. El Gobierno ha indicado que 716 personas se encuentran detenidas, 241 de ellas por no respetar el decreto que impedía la circulación por la noche.
El día domingo está soleado en el pueblo costero de Pichilemu. Tomamos desayuno sentados bajo el sol marino. Hay artistas y escritores que comentan lo que ocurre en Chile.
Las manifestaciones continúan en diferentes lugares de Chile y el desgobierno es absoluto. Piñera no aparece y corren rumores de todo tipo.
Volvemos a Santiago a mediodía. Tenemos que llegar temprano pues el gobierno adelantó el toque de queda en Santiago desde las 19:00 horas del domingo.
El viaje es tranquilo, poco tráfico. Escuchamos en la radio sobre más protestas y descalabros en Santiago.
Decidimos pasar a comer unas sabrosas empanadas de camarón queso en el pueblo de Pomaire. Normalmente el pueblo de Pomaire está lleno de turistas. Ahora estamos solos en un restaurante.

Ya en Santiago, por la noche del domingo, veo en la televisión que aparece el presidente Piñera. El hombre se ve demacrado. Tenso. Dice una frase que vuelve a empeorar la situación. “Estamos en guerra”. Me parece haber escuchado eso. Lo decía el dictador Pinochet.
Inaudito. Piñera es desmesurado e imprudente. Me impresiona la falta de temperancia. Cuando más se requiere tranquilizar y mostrar cordura, Piñera habla de guerra. Le echa leña al fuego. Me da la sensación de que Piñera está descontrolado. Un funesto presidente que no sabe gobernar. Su declaración ha empeorado todo. ¿Quién mierda asesora a Piñera?
Piñera había gobernado con el monitoreo de unas encuestas amañadas. El hombre estaba convencido que eso era gobernar.
En solo tres días, el reventón social demostró la inoperancia política de Piñera. Demostró su arrogancia. Un inútil que no sabe gobernar.
Hay rabia acumulada. Chile es el país más de desigual del mundo. La política neoliberal vendió todo a privados: el agua, la salud, la educación. El mar es privado, las carreteras son privadas. Los sueldos y las pensiones, miserables.
En Pichilemu una escritora joven me dice que su madre la llama a su celular y le pide que se cuide. “Mama, no te preocupes. Estoy bien”. Y entonces su madre llora en el teléfono. Dice que su madre se acuerda de la época de la dictadura de Pinochet, cuando ella era joven. Ella sabe cómo son las cosas. El trauma chileno, como un fantasma espantoso, vuelve aparecer como si fuese una película de terror.

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